Por Indhira Santos
En un mes, el próximo 2 de abril, los líderes de los países desarrollados y emergentes que pertenecen al G-20 se reunirán en Londres para discutir la situación económica mundial y los pasos que se deben tomar para remediarla.
El G-20 no es el forum ideal para tratar temas del sector financiero. Aunque incluye a las grandes economías mundiales y a representantes estratégicos de las economías emergentes y en desarrollo, no forman parte de él jugadores claves en los mercados financieros como Suiza y Hong Kong. En este sentido, su rol en el campo de regulación y supervisión financiera es limitado. El Foro de Estabilidad Financiera, por otro lado, es un forum prometedor para estos temas.
Pero para los temas que son más urgentes hoy – la recesión mundial, la caída en los flujos de capitales y en el comercio internacional – el G-20 es un espacio de discusión ideal.
En su reunión en Londres, el G-20 debe tratar de convenir tres iniciativas principales. Primero, en el corto plazo, los líderes de las principales economías deben mandar una señal inequívoca de que están dispuestos a continuar con las medidas fiscales y monetarias expansivas hasta que empiecen a surtir efecto. Al mismo tiempo, sin embargo, se deben aclarar dos aspectos: 1) cuál sería el rol del G-20 y principalmente las economías europeas en un posible rescate de las economías emergentes de Europa del Este; y 2) cuáles medidas se tomarán para asegurarse de que se minimizan los efectos perniciosos que la política económica laxa de hoy podrá tener en el largo plazo.
Segundo, y también en el corto plazo, el G-20 debe establecer claramente una lista de medidas comerciales y no-comerciales que actúan en detrimento del comercio internacional. Ya en la reunión de Washington el grupo se comprometió a no tomar medidas proteccionistas, pero la realidad ha sido diferente; múltiples países, desarrollados y en vías de desarrollo, han aumentado tarifas. Pero, además, medidas incluidas en los paquetes de estímulo fiscales son muchas veces distorsionantes. En este momento se necesitan más que palabras; un código de acción que especifique cuál tipo de medidas es permitido y cuál no y que done la responsabilidad de dar seguimiento a las políticas implementadas a organismos internacionales como la Organización Mundial del Comercio (OMC), sería un paso importante en esa dirección.
Finalmente, con miras al largo plazo, el G20 debe crear un grupo de expertos que reporte sobre las alternativas institucionales y de política económica que existen para manejar los desbalances macroeconómicos mundiales que se han encontrado en el seno de los problemas actuales. Específicamente, se necesita reflexionar sobre los ajustes necesarios. Si el consumidor norteamericano empieza a ahorrar más, pero al mismo tiempo, los consumidores de países con superávit de cuenta corriente (como China y Alemania) no consumen y otros deciden aumentar aún más sus reservas internacionales, la recesión global podría ser prolongada.
Para estas tres tareas, el G-20 – con el soporte lógico e intelectual de los organismos internacionales – está bien preparado.
El G-20 ha venido a llenar un vacío institucional en la gobernabilidad de la economía mundial. El nuevo rol del G-20 supone también importantes cambios en el futuro para los organismos internacionales y las relaciones inter-regionales. Aunque ya hace tiempo que se viene demandando un mayor rol para las economías en desarrollo en el Fondo Monetario Internacional, por ejemplo, el formato del G-20 ha mostrado que para temas globales, se necesitan decisiones también de naturaleza global.


