Por Economia.com.do
Entre los muchos temas que requieren una acción decidida por parte de los líderes políticos a nivel mundial, aquellos elementos relacionados con la reciente crisis económica ocupan los primeros lugares. En particular, ahora que la recesión económica parece haber terminado en muchas de las economías emergentes – especialmente en Asia – y en algunas de las grandes economías avanzadas, la atención se centra en la necesidad de reformar las regulaciones financieras y de crear un marco internacional para manejar los desequilibrios externos asociados con déficits y superávits excesivos en cuentas corrientes. La reciente columna de Michael Spence, ganador del Premio Nobel de economía en el 2001, en Project Syndicate discute precisamente las prioridades económicas de la agenda mundial.
Pero los retos van más allá del manejo de la reciente crisis. Coordinación y acción conjunta a nivel internacional es también necesaria en materia de cambio climático, políticas de desarrollo, manejo de epidemias, comercio internacional y toda la serie de bienes públicos globales donde ningún país por sí solo podría – ni desearía – actuar unilateralmente. La mayor lección que se obtiene al ver el récord los líderes globales en estos últimos temas es simple y preocupante: a pesar de la retórica, en materia de acción efectiva se ha logrado poco en los últimos años.
Más aún, esta necesidad de actuar en conjunto ya no tiene lugar en un mundo donde los Estados Unidos son el único poder económico o diplomático. El ascenso de las economías BRICs – Brasil, Rusia, India y China -, el fortalecimiento institucional– aunque lento – de la Unión Europea significa que las negociaciones globales son hoy mucho más complejas. El aumento en el número de países – y por tanto, intereses – en la mesa de negociaciones es no solamente simbólico sino también efectivo. Estos cambios han de reflejarse en la composición de organismos internacionales como el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Foro de Estabilidad Financiera, pero también en los grupos informales de discusión – pero no menos influyentes – como el G-20. Cómo este cambio fundamental afectará las negociaciones necesarias en cuanto a bienes públicos económicos, sociales, ambientales y políticos está todavía por verse.
Mientras tanto, sin embargo, no estaría de más pensar en una posible división de tareas entre las grandes potencias avanzadas y emergentes. Los Europeos, los Brasileños y los Indios, por ejemplo, podrían tomar el liderazgo en temas de cambio climático, China y Estados Unidos en temas de desequilibrios externos, Europa y Estados Unidos en temas de reforma financiera, y así por el estilo. Tomar el liderazgo significaría tener la responsabilidad de poner sobre la mesa una serie de propuestas que hayan sido discutidas informalmente entre los países. En estos cuatro o cinco temas principales, se delinearían en un foro inclusivo los lineamentos generales de reforma a ser desmenuzados por organismos internacionales especializados según el área: el FMI en temas de desbalances globales, el Banco Mundial en temas de desarrollo y cambio climático junto con las Naciones Unidas, por ejemplo. Los proyectos de acción específicos podrían entonces ser discutidos por los líderes políticos por tema pero – igualmente importante – como un paquete de reformas globales. Todos estos temas, desde reforma financiera hasta cambio climático – necesitan verse como parte de un paquete porque una solución efectiva va a requerir una división de cargas fiscales entre países y grupos de países ganadores y perdedores que variarán según el tema. Una discusión integrada de los cuatro o cinco temas globales de mayor importancia podría facilitar un arreglo sostenible en cuanto a los intercambios monetarios y políticos necesarios para llegar a un acuerdo internacional. La visión global es necesaria así, no sólo en cuanto a los números de países involucrados en las negociaciones, sino también en cuanto a la amplitud de los temas a tratar.


