Por Economia.com.do
El pasado martes Haití sufrió el peor desastre natural de su historia. Con un terremoto de categoría 7.0 en la escala Richter, las muertes se estiman en los cientos de miles y más de tres millones de personas afectadas. Estimaciones preliminares del Banco Mundial indican un costo estimado del 15% del Producto Interno Bruto haitiano, en un país donde ya cerca del 80% de la población vive en pobreza y más de la mitad en pobreza extrema.
Los esfuerzos internacionales no se han hecho esperar. Países desarrollados, países en desarrollo, organismos internacionales, ONGs, y voluntarios individuales han brindado su ayuda a Haití. Aunque la coordinación de estos esfuerzos ha sido difícil, equipos de rescate, alimentos, medicinas, doctores, etc., han logrado llegar hasta Puerto Príncipe en los últimos días. La República Dominicana ha dado muestras de solidaridad con nuestro país vecino y se ha movilizado para proveer la ayuda posible, además de servir de canal para hacer llegar los recursos provenientes de otras naciones a la capital haitiana.
Aunque la cantidad de muertos y afectados directamente por el terremoto es significativa y todavía no cuantificable, el número de aquellos que se verán afectados en el mediano y largo plazo será aún mayor. Luego de las operaciones de rescate, la mayor preocupación de las autoridades haitianas y de la comunidad internacional, es el control de enfermedades al tener una gran cantidad de personas concentradas en áreas con condiciones sanitarias muy precarias y sin la infraestructura necesaria para ofrecerles servicios médicos. Al mismo tiempo, la situación alimentaria y de albergue serán prioridad. Estas tres áreas acaparan, como debe ser, la atención de las autoridades en el corto plazo.
Sin embargo, es importante no perder de vista las implicaciones a mediano y largo plazo de un desastre de esta magnitud. A nivel del hogar, este terremoto puede tener consecuencias persistentes en materia de nutrición infantil, por ejemplo, lo cual se ha demostrado puede resultar en menor acumulación de capital humano (e.g., asistencia escolar, capacidad cognitiva, salud futura) y menores ingresos futuros. De manera similar, investigaciones han mostrado que los desastres naturales, incluyendo terremotos, reducen las tasas de escolaridad aún años después de ocurrido el evento. Este fue el caso, por ejemplo, en El Salvador, después de los terremotos del 2001. Más claramente, el nivel de vida y el ingreso de estos hogares se ha visto afectado negativamente, lo que podría llevarlos a tomar medidas que los suman aún más en la pobreza y afecten su bienestar en el mediano y largo plazo. Por ejemplo, para manejar los efectos de la crisis los hogares se ven muchas veces obligados a vender activos productivos, justamente en momentos donde los precios son bajos. A nivel macroeconómico, la destrucción de infraestructura, el debilitamiento institucional y el empeoramiento de la situación fiscal, dificultarán aún más el proceso de recuperación en Haití.
Esta tragedia enfatiza la importancia de contar con (i) medidas preventivas que reduzcan directamente el impacto de los desastres naturales, por ejemplo la adaptación de edificaciones para hacerlas resistentes a terremotos y ciclones; y (ii) programas sociales lo suficientemente flexibles para adaptarse a este tipo de tragedia y otras frecuentes en la región como la incidencia de ciclones.
Las lecciones son mucho más que relevantes para la República Dominicana. En estos momentos podemos evaluar la capacidad que tuviese nuestro país para enfrentar una crisis de esta magnitud, tanto a nivel de infraestructura y servicios de emergencia, como a nivel de programas de asistencia humanitaria. El debate sobre estas cuestiones no debe esperar a después que ocurra el próximo desastre, sino que debe empezar hoy.


